​El ser humano creado por Dios era perfecto con respecto a su espíritu, su alma y su cuerpo, era el punto más elevado de toda la Creación. Pero la Caída afectó a cada una de las partes de su magnífica naturaleza tripartita.

¿Cuál es el grado de nuestro pecado? Al considerar esta pregunta sería de mucha ayuda recordar la naturaleza tripartita de nuestro ser. Cuando la Biblia nos dice que hemos sido creados a imagen de Dios, lo que quiere decir es que hemos sido creados como una trinidad, de manera análoga a como Dios es una Trinidad. Dios existe en tres personas: Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Sin embargo, Dios es Uno. De la misma forma, cada uno de nosotros somos una trinidad, creados como un cuerpo, un alma y un espíritu. Sin embargo, cada uno somos también una sola cosa.

El ser humano creado por Dios era perfecto con respecto a su espíritu, su alma y su cuerpo, era el punto más elevado de toda la creación. Pero la Caída afectó cada una de las partes de su magnífica naturaleza tripartita. Para ser más específicos, su espíritu murió, porque se interrumpió la comunión con Dios; su alma comenzó a morir, porque comenzó a mentir, a engañar y a matar; y su cuerpo finalmente ha de morir, porque, como Dios dijo: «…polvo eres, y al polvo volverás» (Gn. 3:19).

En el campo del espíritu, las consecuencias del pecado de Adán fueron instantáneas y totales. Cuando el espíritu murió, la comunicación con Dios se interrumpió. Esto lo comprobamos con Adán que huyó de la presencia de Dios cuando Dios vino a buscarlo en el huerto. En un lenguaje contemporáneo esto se describe como separación, separación de Dios, y es el primer resultado de la muerte espiritual que nos sobrevino como consecuencia del pecado. John Stott la designa como «la más espantosa de todas las consecuencias del pecado». «El destino más elevado para el hombre es conocer a Dios y tener una relación personal con Dios. El derecho principal para reclamar este rango tan noble es que fue hecho a imagen de Dios y por lo tanto tiene la posibilidad de conocerle. Pero este Dios, cuyo propósito inicial fue que le conociéramos, y a quien deberíamos conocer, es un Ser moral», y nosotros somos pecadores. En consecuencia, «nuestros pecados no nos permiten ver la cara de Dios, tan efectivamente como las nubes no permiten atravesar los rayos del sol… No tenemos ningún tipo de comunicación con Dios. Estamos ‘muertos en (los) delitos y pecados’ (Ef. 2:1) que hemos cometido».

Los resultados de esta separación de Dios son totales. Nos ha sumergido en un estado del cual no es posible encontrar el camino de regreso a Dios si no contamos con la ayuda del Espíritu Santo. Este es el significado de Romanos 3:10-12. El apóstol Pablo escribe en ese pasaje: «Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles».

Es importante comprender que cada uno de los tres términos principales empleados en Romanos 3:10-12 – la justicia, el entendimiento y la búsqueda – están definidos con respecto a nuestra relación con Dios. Si no lo comprendiésemos así, estaríamos distorsionando las enseñanzas de las Escrituras y afirmando algo que no es verdad. Por ejemplo, si no definimos la justicia con respecto a Dios y a su justicia, acabaremos por concluir que no existe nada bueno en nosotros. Pero esto no ocurre cuando consideramos el tema desde un punto de vista humano. No todas las personas son tan malas como lo podrían ser, y aun los peores entre nosotros tienen lo que podríamos llamar una chispa de bondad. En ocasiones, hasta «los ladrones tienen honor». Pero el pasaje de Romanos no se está refiriendo a esto. Está hablando sobre la justicia como Dios la entiende. Y a partir de esta perspectiva es cierto que «no hay justo, ni aun uno». La muerte del espíritu ha afectado nuestra naturaleza moral profunda y permanentemente.

El pecado también ha afectado nuestro intelecto. Nuevamente, no debemos cometer el error de explicar la expresión «no hay quien entienda» según parámetros humanos, aunque también según ese enfoque las consecuencias del pecado son graves. Los seres humanos tienen mucho entendimiento sobre muchas áreas, y algunos hasta han sobresalido en algunas de ellas. Tenemos filósofos, científicos y estadistas. Las palabras de Pablo no niegan este hecho. Lo que están negando es que podamos alcanzar un entendimiento sobre las cosas espirituales sin la participación del Espíritu de Dios, que es el Único que puede proveer dicho entendimiento. Esto está claramente expresado en la carta a los Corintios cuando el apóstol nos dice: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Co. 2:14).

La tercera área afectada por la muerte del espíritu es nuestra voluntad. Se hace referencia a esta área en la expresión «no hay quien busque a Dios». Lo que esto significa no es simplemente que somos incapaces de acercarnos a Dios por causa de nuestro pecado y de su justicia, ni que somos incapaces de entenderlo porque sus caminos sólo son discernibles con la ayuda del Espíritu de Dios, sino que, además de eso, ni siquiera deseamos acercarnos a Dios. Nuevamente debemos afirmar que casi todas las personas están buscando un «dios», un dios construido por ellos mismos y del que creen que podrá llenar el vacío de sus vidas. Pero lo que no hacen es buscar al verdadero Dios, el Dios que se nos revela a sí mismo en las Escrituras en la persona de Cristo. Jesús dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Jn. 6:44).

En la medicina existe una condición conocida como miastenia gravis en la que los músculos del cuerpo no pueden responder a las señales enviadas desde el cerebro. En un paciente normal, el cerebro envía órdenes a los músculos para que se contraigan, por medio de impulsos eléctricos a través de los nervios que llegan a dichos músculos; estos impulsos eléctricos son recibidos en los músculos en unos aparatos especiales llamados placas motoras terminales. Las placas motoras terminales reciben las señales y las transmiten a lo largo del músculo. Estas placas motoras terminales están ausentes en las personas que padecen miastenia gravis. Como consecuencia, aunque el cerebro envía las señales correspondientes, estas señales nunca son recibidas por los músculos. Y como los músculos no reciben las señales, no pueden responder y con el tiempo se desintegran. Esto es una analogía de lo que sucedió en la personalidad humana como resultado de la muerte del espíritu. En el sistema humano, el espíritu debía desempeñar el papel de una placa motora terminal. La función del espíritu era la de recibir las señales enviadas por Dios. Cuando el hombre pecó, sin embargo, la placa motora terminal murió. Como resultado, si bien las señales todavía están siendo enviadas, si bien Dios todavía nos está hablando, las señales no pueden ser recibidas y nuestra vida espiritual se marchita.

Esta ilustración de la miastenia gravis también nos está sugiriendo una segunda consecuencia de la Caída, ya que afecta a cada persona. Cuando el músculo no puede recibir las señales enviadas desde el cerebro, esto implica algo más aparte del hecho de que el músculo deja de responder a las órdenes cerebrales. El músculo mismo sufre las consecuencias, ya que en su estado inactivo se desintegra y muere. La muerte del espíritu también afecta al alma, y el resultado es que los hombres y las mujeres se vuelven depravados también en esta área.

Podemos apreciar esto en el caso de Adán y Eva. Después de la Caída y de que Dios se apareciera en el huerto, se nos dice que el hombre y la mujer se escondieron, tratando de evitar el encuentro. Es un claro ejemplo de su separación de Dios, el primer efecto visible de su pecado. Pero Dios los llamó y los comenzó a interrogar sobre lo que habían hecho. «Adán», le preguntó Dios, «¿Has comido del árbol de que yo te mandé que no comieses?» (Gn. 3:9,11).

Y Adán respondió: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (vs. 12). Superficialmente la respuesta de Adán es simplemente una afirmación, y además parece ser cierta. Fue la mujer quien lo invitó a tomar del fruto. Esta mujer le había sido dada por Dios. Pero esto no es todo lo que significa la respuesta del hombre caído. Adán está intentando evitar que la culpa caiga sobre él, que es realmente sobre quien debería recaer, y está culpando a otra persona. Evidentemente, está intentando culpar a la mujer -no está mostrando mucha caballerosidad de su parte, sin tomar en consideración ni siquiera la virtud de la honestidad-. Pero, además está intentando culpar a Dios. Lo que está diciendo en realidad es que la Caída no habría tenido lugar si Dios no se hubiera equivocado tanto en su juicio como para haberle provisto de Eva.

Eva, de manera similar, también intenta evitar que la culpa caiga sobre ella. Cuando Dios le pregunta: «¿Qué es lo que has hecho?», la mujer le contesta: «La serpiente me engañó, y comí» (Gn. 3:13).

Lo que debería llamar nuestra atención es que el buscar culpar a otro es típico de la naturaleza pecaminosa y sirve para ilustrar lo que ocurre una vez que se quiebra el vínculo con Dios. Dios es la fuente de todo bien (Stg. 1:17). Cuando el vínculo con Dios se quiebra, descienden sobre la raza la irresponsabilidad, la cobardía, la mentira, la envidia, el odio y un sinfín de otros males. Para describir esta situación con una terminología contemporánea, como lo hicimos cuando hablamos de separación, diríamos que estamos frente a un caso de decadencia moral y psicológica.

Pero falta todavía más. Esta desintegración personal produce complicaciones sociales. Es así como otro resultado de la Caída es el conflicto. ¿Podemos decir que la relación entre Adán y Eva fue tan armoniosa como había sido hasta ese momento después de que Adán culpase a su mujer por la Caída? Por supuesto que no. Ese fue el comienzo de los conflictos matrimoniales. De manera similar, el deseo de culpar a los demás, la búsqueda del interés propio, y el progreso individualista, generan conflictos entre las personas, las razas, los estratos sociales, las instituciones y las naciones.

Por último, la muerte del espíritu y del alma, con sus consecuencias tan lamentables, están acompañadas por la muerte del cuerpo también. Cuando Adán pecó, el espíritu murió en ese mismo instante, y como resultado todos los hombres y mujeres que nacieron con posterioridad a ese momento nacen con lo que podríamos llamar espíritus muertos. El alma comenzó a morir desde ese instante. En esa área, podemos decir que el contagio se está extendiendo, y como resultado somos cada vez más cautivos del pecado. La parte restante de la naturaleza humana, el cuerpo, es la última en morir. La muerte es universal. Pablo mencionó este hecho para mostrar el alcance que tiene el pecado: «Así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Ro. 5:12).

Extracto del libro «Fundamentos de la fe cristiana» de James Montgomery Boice

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