"Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz" (Is. 9:6)


Si bien existen en hoy en día, como también han existido en todas las épocas, quienes niegan la deidad de Cristo, también están los que afirman su Deidad pero terminan allí su descripción. Esto también constituye un error. Una segunda faceta, tan importante como la primera, es el hecho de que Él es plenamente hombre también. No ha sido hombre desde la eternidad pasada, como es cierto en el caso de la Divinidad. Se convirtió en hombre mediante la encarnación en un determinado momento de la historia. Pero ahora, habiéndose convertido en hombre, es el Dios-hombre de quien exclusivamente depende nuestra salvación.

Esta verdad es aparente a través de toda la Biblia, incluso en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, en esa profecía de Isaías, tan a menudo leída cuando se acerca la Navidad, se describe la naturaleza doble del Cristo venidero. «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz» (Is. 9:6). En este versículo se utilizan dos verbos muy importantes con respecto a la venida de Cristo: «nos es nacido» y «nos es dado». Como un niño, Él es nacido, pero como un Hijo, Él nos es dado. Esta misma distinción aparece en los escritos de Pablo. Ahí leemos: «…acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos» (Ro. 1:3-4). Jesús descendía de David según la carne, pero también era el Hijo de Dios.

También leemos: «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos» (Gá. 4:4-5). Como Hijo, Jesucristo fue enviado, porque siempre fue el Hijo de Dios, Sin embargo, fue nacido de mujer bajo la ley, y por lo tanto se convirtió en hombre. La Biblia nunca titubea cuando coloca ambas verdades paralelas juntas, su plena deidad y su verdadera humanidad.

Estas verdades también aparecen ilustradas en diversos acontecimientos que tuvieron lugar durante el ministerio de Cristo. Por ejemplo, en el segundo capítulo del evangelio de Juan, el Señor está presente en una boda (Jn. 2:1-11). Pocas cosas pueden ser más humanas que esta. Sin embargo, cuando el vino se acabó y el esposo estuvo a punto de pasar un momento embarazoso, Jesús transformó el agua para las purificaciones judías, que se encontraba en unas grandes tinajas de piedra, en un vino nuevo y mejor.

En otra ocasión los discípulos estaban cruzando el Mar de Galilea desde Capernaum a la tierra de los gadarenos. Jesús, agotado, después de todas las actividades desarrolladas durante todo el día, estaba dormido en la barca. Se levantó una tormenta tan intensa que estaban asustados, si bien eran pescadores curtidos. Lo despertaron diciéndole: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» y Jesús calmó a la tormenta. ¿Qué podría ser más humano que el agotamiento total que sintió Jesús en la barca? ¿Qué podría ser más divino que el milagro de calmar el viento y las olas? Los discípulos exclamaron: «¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mt. 8:23-27). Nada podría haber más humano que la muerte de Jesús por crucifixión. Nada podría haber más divino que el oscurecimiento del cielo, el velo del templo que se partió en dos, las tumbas de los santos sepultados cerca de Jerusalén que se abrieron, y la tumba abierta, triunfante, en aquella primera mañana de Pascua.

Estas verdades paralelas no siempre han sido reconocidas por todos en todos los períodos de la historia de la iglesia. Prácticamente no hay ninguna doctrina dentro del cristianismo que no haya sido negada por alguien en alguna ocasión.

A la herejía que niega la deidad de Cristo se la suele conocer como arrianismo (por Arrio de Alejandría; que murió en el año 335). Arrio enseñaba que el Hijo le Dios y el Espíritu Santo eran seres que Dios en su voluntad había traído en existencia con el propósito de la Redención. Por lo tanto, no eran eternos, como Dios es eterno. Había un tiempo «antes del cual ellos no eran».
El error opuesto era la herejía que negaba la verdadera humanidad de Cristo, conocida con el nombre de docetismo. El docetismo surgió a partir de un movimiento conocido como gnosticismo, que fue más o menos contemporáneo en los primeros años del cristianismo. Tenía dos características principales. En primer lugar, se basaba sobre un principio que un comentarista ha llamado la supremacía del intelecto y la superioridad de la ilustración mental frente a la fe y la conducta».

Los gnósticos se consideraban a sí mismos como «los que sabían», y esto es lo que la palabra gnóstico significa; creían que la salvación se produce en primer lugar por el conocimiento, es decir, por una iniciación en conocimiento místico y supuestamente superior que ellos poseían. Por supuesto, en dicho sistema, la Encarnación literal del Hijo de Dios no tiene ningún sentido. Lo que importaba era la «idea de Cristo» y las verdades que Cristo había anunciado.

Una segunda característica del sistema gnóstico era su creencia en la separación radical e infranqueable que existía entre el espíritu y la materia, unida a la convicción de que la materia es inherentemente mala y sólo el espíritu es bueno. Este punto de vista era común a otras corrientes de pensamiento predominantes en ese tiempo. Por un lado, conducía a una negación de la importancia de la vida moral; la salvación estaba en el ámbito de la mente o el espíritu, que es lo único bueno, y por lo tanto no tenía ninguna importancia lo que pudiera hacer el cuerpo. Por otro lado, producía un tipo de religión filosófica completamente divorciada de la historia concreta.

Obviamente, el gnosticismo entró en conflicto con el auténtico cristianismo. Según este sistema, cualquier encarnación real del Hijo de Dios resultaba imposible. Si la materia es mala, entonces Dios no podría haber tomado un cuerpo humano sobre sí mismo. Y si esto es así, entonces la Encarnación de Dios en Cristo debe haber sido una cuestión sólo de apariencias.

La palabra docetismo proviene del verbo griego dokeó que significa «aparecer». En algunas variantes de un supuesto gnosticismo cristiano, la Encarnación fue por lo tanto expresada diciendo que el Espíritu de Dios meramente había venido sobre el hombre Jesús con ocasión de su bautismo, había permanecido en Él durante su ministerio, y luego lo había abandonado justo antes de su crucifixión. En otras variantes, se suponía que Jesús sólo tenía la apariencia de un hombre, pero que no se trataba realmente de un hombre. Por lo tanto, en realidad no poseía un cuerpo material, en realidad no había muerto, y así sucesivamente.


Por supuesto, el docetismo fue anatema para el cristianismo, por lo que fue rechazado de plano. La primera respuesta escrita a dichos puntos de vista la encontramos conservada principalmente en las epístolas del apóstol Juan. Juan insiste en la verdadera Encarnación del Hijo de Dios. Es así como en su primera epístola comienza resaltando la propia experiencia física que los apóstoles tuvieron de Jesús. «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros» (1 Jn. 1:1-3). Estos versículos hacen referencia a tres de nuestros cinco sentidos físicos.

Más adelante, Juan presenta lo que constituye la prueba del verdadero cristianismo: «En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo» (1 Jn. 4:2-3).

Un tiempo más tarde, Marcio de Ponto, quien enseñó en Roma alrededor del segundo siglo, también popularizó el punto de vista docetista. Se le recuerda en especial por su rechazo a porciones del Antiguo Testamento como a partes del Nuevo. Pero también constituía una amenaza a la iglesia debido a su rechazo de la materialidad del cuerpo de Cristo.

Otra herejía temprana fue el maniqueísmo que tuvo bastante influencia sobre Agustín en sus primeros años. Incluía una creencia que el cuerpo de Cristo estaba compuesto de una carne «celestial» pero no verdaderamente material. Estos errores fueron inteligentemente rechazados en una serie de concilios eclesiásticos.

El Credo de Calcedonia (451 d.C.) declara que el Señor Jesucristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, con un cuerpo y un alma razonable (racional); consustancial (coesencial) con el Padre de acuerdo a la Divinidad, y consustancial con nosotros de acuerdo a la humanidad; en todo como nosotros pero sin pecado; concebido antes de todas las edades del Padre según la Divinidad, y en estos postreros días, para nosotros, para nuestra salvación, nacido de la virgen María, la madre de Dios, de acuerdo a la humanidad; uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, a ser reconocido en sus dos naturalezas, sin confusión, ni mutación, indivisible, inseparable; la distinción entre las dos naturalezas que no es retirada por la unión, sino que es en cambio conservada por las propiedades de cada naturaleza, y concurrentes en una Persona y en una Subsistencia, no partida ni dividida en dos personas, sino una y la misma, el Hijo, el Unigénito, Dios, el Verbo, el Señor Jesucristo.

El Credo de Atanasio, que se le atribuye a Atanasio, un gran defensor de la ortodoxia que vivió en el siglo tercero, si bien es posible que haya sido compuesto con posterioridad al de Calcedonia, lo expresa en términos más sencillos: «Nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y hombre… perfectamente Dios y perfectamente hombre… quien aunque [es] Dios y hombre, no es dos sino un Cristo; uno, no por la conversión de la Divinidad en la carne: sino por haber [asumido] la humanidad en Dios». Estos credos y las Escrituras en las que se basan nos enseñan que Jesús, el Hijo de Dios, fue como nosotros en todos los aspectos (excepto con respecto al pecado) para que nosotros pudiésemos tener un ejemplo y un Salvador en Él.

Extracto del libro «Fundamentos de la fe cristiana» de James Montgomery Boice

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