En BOLETÍN SEMANAL
​  Fue porque Su pueblo falló en "guardar los mandamientos" que el Dios-hombre Mediador fue "hecho súbdito a la ley," y los obedeció por ellos. Y por lo tanto su recompensa de "vida" es debida a aquellos que tenían a Él como Fiador; ¡sí!, debida a Cristo mismo para ser concedida a ellos. Por lo tanto, cuando el Fiador declaró "Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese" (Juan 17:4), recuerda al Padre que Él le había dado al Hijo "la potestad para dar vida eterna a todos los que le diste" (v. 2). Y aún más, porque sobre el fundamento de la justicia, Cristo demanda que Su pueblo sea llevado al cielo, diciendo, "Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo" (Juan 17:24)

La justificación:  ​Su fuente.

  Revisemos aquí, brevemente, el terreno que ya hemos abarcado. Hemos visto, primero, que «justificar» significa declarar justo. No es una labor divina, sino un veredicto divino, la sentencia de la Corte Suprema, declarando que el justificado está perfectamente ajustado a todos los requerimientos de la ley. La justificación asegura al creyente que el Juez de toda la tierra está a favor de él, y no contra él: aquella misma justicia está de su lado. Segundo, nos extendimos en el gran problema aparentemente sin solución que es en consecuencia implicado: como un Dios de la verdad puede declarar justo a uno que es completamente desprovisto de justicia, como Él puede recibir en Su favor judicial a uno que es un criminal culpable, como Él puede ejercer la misericordia sin insultar la justicia, como Él puede ser misericordioso y aún hacer cumplir las altas demandas de Su Ley. Tercero, mostramos que la solución a este problema es encontrada en la perfecta satisfacción [la reparación o el pago] a la Ley divina que el Hijo encarnado cumplió, y que sobre la base de aquella satisfacción Dios puede verdadera y justamente declarar justo a todo el que cree en verdad al Evangelio.

  En nuestro último artículo señalamos que la satisfacción que Cristo hizo a la Ley divina consiste de dos partes distintas, respondiendo a la doble necesidad del que debe ser justificado. Primero, como una criatura responsable estoy bajo el obligatorio compromiso de guardar la ley –a amar a Dios con todo mi corazón y a mi prójimo como a mí mismo. Segundo, como un criminal yo estoy bajo la condenación y maldición de aquella ley que constantemente he transgredido en pensamiento, palabra y obra. Por lo tanto, si otro iba a actuar como mi fiador y a hacer reparación por mí, él debe obedecer perfectamente todos los preceptos de la ley, y luego soportar la terrible penalidad de la ley. Eso es exactamente lo que fue emprendido y cumplido por el Señor Jesús en Su vida virtuosa y Su muerte vicaria [en nuestro lugar]. Cada demanda de la ley fue cumplida por Él; por Él cada obligación del creyente fue totalmente colmada.

  Ha sido objetado por algunos que la obediencia de Cristo no podía ser imputada a la cuenta de otros, por haber sido «hecho súbdito a la ley» (Gál. 4:4) como hombre, Él debía estar sometido a la ley por Su propia cuenta. Éste es un serio error, surgido por una falla en reconocer las características absolutamente únicas del Hombre Cristo Jesús. A diferencia de nosotros, Él nunca estuvo bajo el Pacto Adámico, y por lo tanto no debía nada a la ley. Además, la humanidad de Cristo nunca tuvo una existencia separada: en el vientre de la virgen el Hijo eterno tomó la simiente de María en unión con Su divinidad, así que mientras el primer hombre fue de la tierra, terrenal, «el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo (1 Cor. 15:47), y en sí mismo Él fue infinitamente superior a la ley, no debiendo nada a ella, siendo personalmente poseedor de todas las excelencias de la divinidad. Aún mientras caminó en esta tierra «en Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente.»

  Fue enteramente por causa de Su pueblo que el Dios-hombre Mediador fue «hecho súbdito a la ley.» Fue con el fin de obtener para ellos una perfecta justicia, que sería puesta en su cuenta, por lo que Él tomó sobre sí mismo la forma de un siervo y llegó a ser «obediente hasta la muerte.» Lo que fue dicho arriba proporciona la respuesta a otra ridícula objeción que ha sido hecha contra esta verdad bendita, ésta es, que si la obediencia del Hombre Cristo Jesús fuera transferible ella estaría disponible solamente para otro único hombre, viendo que se requiere obedecer la ley a cada ser humano, y que si la obediencia vicaria, [en representación de otro], fuera aceptable a Dios entonces deberían haber tantos fiadores separados como creyentes que serían salvados. Lo que sería verdadero si el «fiador» fuera solamente humano, pero puesto que el Fiador provisto por Dios es el Dios-hombre Mediador, Su justicia es de valor infinito, porque la ley fue más «honrada y magnificada» por la obediencia del «Señor que es del cielo» que si cada miembro de la raza humana la hubiese guardado perfectamente. La justicia del Dios-hombre Mediador es de valor infinito, y por lo tanto disponible para tantos como Dios se complace en imputarla.

  El valor o mérito de una acción aumenta en proporción a la dignidad de la persona que la ejecuta, y quien obedeció en el lugar y en vez del creyente no fue solamente un hombre santo, sino el Hijo del Dios vivo. Además, nótese que la obediencia que Cristo rindió a la ley fue enteramente voluntaria. Antes de Su encarnación, Él no estaba obligado a guardar la ley, porque Él mismo (siendo Dios) estableció esa ley. Su existencia naciendo de una mujer y nacido bajo la ley fue enteramente un acto libre de Su parte. Nosotros vinimos a la existencia y fuimos puestos bajo la ley sin nuestro consentimiento; pero el Señor del cielo existió antes de Su encarnación, y asumió nuestra naturaleza por Su acción voluntaria: «He aquí, vengo… El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado» (Sal. 40:7, 8). Ninguna otra persona podía usar un lenguaje así, por éste claramente se muestra una libertad para actuar o no actuar, que una simple criatura no posee. El ponerse a sí mismo bajo la ley y obedecerla estuvo basado solamente en Su propia acción voluntaria. Su obediencia fue por lo tanto una «ofrenda voluntaria,» y por lo tanto como Él no estaba obligado a obedecer la ley por alguna obligación previa, ni de ningún modo era necesario para sí mismo, ella está disponible para ser imputada a otros, para que ellos pudieran ser recompensados por esa obediencia.

  Entonces, si el lector ha sido capaz de seguirnos con atención en las observaciones hechas arriba, debe estar claro para él que cuando la Escritura habla de Dios «justificando al impío» el significado es que el pecador creyente es traído a una totalmente nueva relación con la ley; que como consecuencia de la justicia de Cristo siéndole transferida, él es ahora librado de todo riesgo de castigo, y le es dado un derecho a toda la recompensa merecida por la obediencia de Cristo. Bendita, bendita verdad para alivio del cristiano escrupuloso que diariamente gime bajo un sentimiento de sus lamentables fallas y que se acongoja por causa de su falta de semejanza práctica a la imagen de Cristo. Satanás está siempre listo a avergonzar a uno como éste y le dice que su profesión es vana. Pero es el privilegio del creyente derrotarlo por «la sangre del Cordero» (Apoc. 12:11) –recordando nuevamente que Otro ha pagado por todos sus pecados, y que a pesar de sus innumerables defectos a pesar de todo permanece «acepto en el Amado» (Ef. 1:6). Si yo estoy descansando verdaderamente en la obra terminada de Cristo para mí, el Maligno no puede acusarme exitosamente de nada delante de Dios, aunque si yo estoy andando descuidadamente Él sufrirá que el maligno acuse mi conciencia con pecados de los que no me arrepentí y que no confesé [afectando mi comunión pero no mi salvación].

  En nuestro último capítulo, tratando la naturaleza de la justificación, vimos que los elementos constitutivos de esta bendición divina son dos, uno que es de carácter negativo, y el otro positivo. La bendición negativa es la cancelación de la culpa, o la remisión de pecados –el registro completo de las transgresiones a la ley por parte del creyente, mantenidas en el registro divino de las causas por juzgar, ha sido borrado por la preciosa sangre de Cristo. La bendición positiva es la concesión al creyente de un derecho a la recompensa que no puede ser quitado y que la obediencia de Cristo ameritó para él –aquella recompensa es la vida, el favor judicial de Dios, el cielo mismo. La sentencia inalterable de la ley es «el hombre que hiciere estas cosas, vivirá por ellas» (Rom. 10:5). Como leemos en Romanos 7:10, «el mandamiento, que era para vida.» Es exactamente tan verdadero que la obediencia a la ley aseguraba la vida, como la desobediencia aseguraba la muerte. Cuando el joven príncipe [también nombrado como el joven rico] preguntó a Cristo, «¿qué bien haré para tener la vida eterna?» Él contestó, «si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos» (Mat. 19:16, 17).

  Fue porque Su pueblo falló en «guardar los mandamientos» que el Dios-hombre Mediador fue «hecho súbdito a la ley,» y los obedeció por ellos. Y por lo tanto su recompensa de «vida» es debida a aquellos que tenían a Él como Fiador; ¡sí!, debida a Cristo mismo para ser concedida a ellos. Por lo tanto, cuando el Fiador declaró «Yo te he glorificado en la tierra: he acabado la obra que me diste que hiciese» (Juan 17:4), recuerda al Padre que Él le había dado al Hijo «la potestad para dar vida eterna a todos los que le diste» (v. 2). Pero más, sobre el fundamento de la justicia, Cristo demanda que Su pueblo sea llevado al cielo, diciendo, «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo» (Juan 17:24) –Él reclama la vida eterna para Su pueblo sobre la base de Su obra terminada, como el premio a su obediencia.

  «Así que, de la manera que por un delito vino la culpa a todos los hombres para condenación, así por una justicia vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida» (Rom. 5:18). La ofensa del primer Adán trajo la maldición de la ley quebrantada sobre toda la raza humana; pero la reparación del último Adán obtuvo la bendición de la ley cumplida sobre todos los que Él representó. Juicio para condenación es un término legal que significa muerte eterna, la paga del pecado; el «don [o dádiva] gratuito» afirma que una justificación por gracia es dada a todos sus destinatarios –siendo «la justificación de vida» la consecuencia del don, paralelo con «reinarán en vida por uno, Jesucristo» (v. 17). La sentencia de justificación adjudica y da derecho a su destinatario a la vida eterna.
  Habiendo ya considerado las dos grandes bendiciones que llegan al creyente en su justificación –libertad de la maldición de la ley (la muerte) y un derecho a la bendición de la ley (la vida)– procuremos ahora echar una mirada sobre la fuente originaria de la cual ella [la justificación] procede. Ésta es la libre, pura soberana gracia de Dios: como está escrito «siendo justificados gratuitamente por Su gracia» (Rom. 3:24). ¿Qué es la gracia? Es el favor de Dios inmerecido y no influenciado, presentado para el indigno y merecedor del infierno: ni mérito humano, ni obras ni buena voluntad, la atraen, ni la falta de ellos la repele o la obstruye

  La gracia es la verdadera esencia del Evangelio –la única esperanza para los hombres caídos, el solo consuelo de los santos, [como el Nuevo Testamento llama a todos los salvados y significa puestos aparte para Dios], que pasan por muchas tribulaciones en su camino al reino de Dios. El Evangelio es el anuncio de que Dios está preparado para tratar con los rebeldes culpables sobre el fundamento del favor gratuito, por pura bondad; el anuncio de que Dios borrará el pecado, cubriendo al pecador creyente con un manto de justicia sin mancha, y lo recibirá como un hijo aceptado: no a causa de algo que él haya hecho o que alguna vez hará, sino por misericordia soberana, actuando independientemente del propio carácter del pecador y los merecimientos de castigo eterno. La justificación es perfectamente gratuita para nosotros, no siendo requerido nada a nosotros para ella, ni en el sentido del precio y satisfacción [o pago] ni en el de preparación y adecuación. No tenemos ni el más mínimo grado de mérito para ofrecer como la base de nuestra aceptación, y por lo tanto si Dios nos acepta debe ser a causa de la gracia sin mezcla.

  Es como «el Dios de toda gracia» (1 Pedro 5:10) que Jehová justifica al impío. Es como «el Dios de toda gracia» que Él busca, encuentra y salva a Su pueblo: no pidiéndoles nada, dándoles todo. Esto es notablemente presentado con la palabra «siendo justificados gratuitamente por Su gracia» (Rom. 3:24), siendo el propósito de ese adverbio, [gratuitamente], excluir toda consideración de algo en nosotros o a partir de nosotros que sería la causa o condición de nuestra justificación. Ese mismo adverbio griego es traducido «sin causa» en Juan 15:25 –»sin causa me aborrecieron.» El odio del mundo a Cristo fue «sin causa» en cuanto de Él dependía: no había nada en Él que, en el más mínimo grado, mereciera el rencor en Su contra: no había nada en Él injusto, perverso o malvado; en cambio, todo en Él era puro, santo, amable. Del mismo modo que, no hay nada dentro de nosotros para producir la aprobación de Dios: por naturaleza no hay «nada bueno» en nosotros; sino en cambio, todo lo que es malvado, vil, aborrecible.

  «Siendo justificados gratuitamente por Su GRACIA.» ¡Cómo revela esto el verdadero corazón de Dios! Mientras que no había motivo para moverle, afuera de sí mismo, había uno dentro de sí mismo; mientras que no había nada dentro de nosotros para impulsar a Dios para que nos justifique, Su propia gracia lo movió, así que Él ideó un modo por el cual Su maravilloso amor podría proveer la salida y el escape al primero de los pecadores, al más vil de los rebeldes. Como está escrito, «Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí; y no me acordaré de tus pecados» (Isa. 43:25). ¡Maravillosa, incomparable gracia! No podemos ni por un momento buscar fuera de la gracia de Dios algún motivo o razón por el cual Él debería haberse fijado en nosotros, menos aún tener consideración por tan miserables impíos.

  Entonces, la primer causa impulsora, que inclinó a Dios a mostrar misericordia a Su pueblo en su condición arruinada y perdida, fue Su propia maravillosa gracia –no pedida, no influida e inmerecida por nosotros. Él podía con justicia habernos dejado completamente expuestos a la maldición de Su Ley, sin proveernos ningún Fiador para nosotros, como hizo con los ángeles caídos; pero tal fue Su gracia para con nosotros que «aún a Su propio Hijo no perdonó.» «No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por Su misericordia nos salvó, por el lavacro de la regeneración, y de la renovación del Espíritu Santo; el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por Su gracia, seamos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna» (Tito 3:5-7). Fue Su propio favor soberano y buena voluntad que movieron a Dios a crear este maravilloso plan y método de justificación.

  Contra lo que ha sido dicho arriba, ha sido objetado por los socinianos [partidarios de las enseñanzas falsas de Socino] y sus imitadores que esto no puede ser: si el pecador creyente es justificado sobre las bases de una completa satisfacción [la reparación o el pago] que ha sido hecha para Dios en favor de él por un fiador, entonces su liberación de la condenación y su recepción dentro del favor judicial de Dios debe ser un acto de pura justicia, y por lo tanto no podría ser por gracia. O, si la justificación fuera un acto de gracia divina, entonces un fiador no puede haber obedecido la ley en lugar del creyente. Pero esto es confundir dos cosas distintas: la relación de Dios con Cristo el Fiador, y la relación de Dios conmigo el pecador. Fue la gracia la que transfirió mis pecados a Cristo; fue la justicia la que castigó a Cristo a causa de aquellos pecados. Fue la gracia la que me destinó a la bienaventuranza eterna; es la justicia para con Cristo la que exige que yo disfrutaré lo que Él adquirió para mí.

  Hacia el pecador la justificación es un acto de favor gratuito inmerecido; pero hacia Cristo, como un Fiador del pecador, es un acto de justicia que la vida eterna sería dada a aquellos por quienes fue hecha Su satisfacción [el pago o la reparación] meritoria. Primero, fue de pura gracia que Dios estuvo gustoso en aceptar satisfacción de las manos de un fiador. Él podría haber exigido el pago de la deuda en nuestras propias persona, y entonces nuestra condición hubiera sido igualmente tan miserable como la de los ángeles caídos, para quienes no fue provisto un mediador. Segundo, fue por la maravillosa gracia que Dios mismo proveyó un Fiador para nosotros, lo cual nosotros no podríamos haber hecho. Las únicas criaturas que son capaces de realizar una perfecta obediencia son los santos ángeles, pero ninguno de ellos podría haber asumido y saldado nuestras deudas, porque ellos no son semejantes a nosotros, ya que no poseen la naturaleza humana, y por lo tanto son incapaces de morir. Aún si un ángel se hubiese encarnado, su obediencia a la ley no podría haber sido aprovechable por todos los elegidos de Dios, porque ésta no hubiera poseído valor infinito.
  Nadie excepto una persona divina tomando la naturaleza humana en unión con sí misma podría presentar a Dios una satisfacción [el pago o la reparación] adecuada para la redención de Su pueblo. Y era imposible para los hombres haber hallado aquel Mediador y Fiador: esto debe tener su surgimiento primero en Dios, y no desde nosotros: fue Él quien «halló» un rescate (Job 33:24) y puso el socorro sobre Uno que es «poderoso» (Sal. 89:19). Por último, fue por la maravillosa gracia por la que el Hijo estuvo gustoso en cumplir una obra semejante por nosotros, sin cuyo consentimiento la justicia de Dios no podría haber exigido la deuda a Él. Y Su gracia es más notable porque Él conoció de antemano toda la indecible humillación y el sufrimiento incomparable que encontraría en el cumplimiento de esta obra, sin embargo eso no le hizo cambiar de opinión; ni desconocía el carácter de aquellos por quienes lo hizo: el culpable, el impío, el merecedor del infierno; sin embargo Él no retrocedió.

Extracto del libro: «la justificación» de A. W. Pink

Al continuar utilizando nuestro sitio web, usted acepta el uso de cookies. Más información

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra POLÍTICA DE COOKIES, pinche el enlace para mayor información. Además puede consultar nuestro AVISO LEGAL y nuestra página de POLÍTICA DE PRIVACIDAD.

Cerrar